17/07/2018

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¿Y si probamos homenajear en vida a quienes creemos que lo merecen?

Con cierto dolor y sin sorpresa advertí que hace pocas semanas atrás y separados por pocos días, fallecieron el luchador Enzo Bianchi, el querido Ricardo Santos y el inolvidable Carlos López. Nota de Alejandro Maglione para Ecocuyo.com




Como sabemos, o deberíamos saber, Enzo fue el continuador de los que pusieron en el mapa del vino a la región de San Rafael y a la propia provincia de Mendoza. Ricardo hizo de Norton, junto con su hermano Alberto, una de las bodegas más importantes de la Argentina, de la que siempre recordaremos su fabuloso vino Perdriel, ofrecido en botella con forma de caramañola. Carlos tomó también la posta de sus mayores e hizo que su bodega en medio de tornados de cambios parkerianos, nos siguiera entregando su Vasco Viejo, el Rincón Famoso, el Selección López, el Chateau Vieux y el Chateu Monchenot (château escrito sin el acento circunflejo por alguna ignota razón).

A cada uno en su hora tuve oportunidad de hacerles un Tributo en vida, que así se llamaba mi columna. Esas notas las reedité en oportunidad de su muerte para recordar lo que escribiera en vida de ellos.

En el caso de Enzo, su salud no permitió que él mismo contara aspectos de su vida, pero entre sus hijos Silvia y Raúl, más gente que lo conoció bien, como los antiguos enólogos de la bodega, pude reconstruirlos. De él había un comentario constante, era un hombre que dedicaba horas a pensar, por lo que era frecuente verlo sentado en su camioneta, sobre una lomada que le permitía tener una visión panorámica de los viñedos y la bodega. Dicen que, de aquellos momentos de soñar con los ojos abiertos, surgieron ideas como la de instalar la champañera. Una de sus preocupaciones fundamentales era que sus hijos probaran vinos de precio de muchas partes del mundo. Una mente abierta al conocimiento, sin duda.

Ricardo era alguien querido por todos los que lo trataron. Cascarrabias, cabrón, encantador, afable, gran anfitrión, podían ser definiciones que lo abarquen. Con Estela, su mujer y compañera en todos sus sueños, hacían de su casa en Norton una prolongación de las áreas de trabajo de la bodega. Recibían constantemente a amigos, pero también sus puertas y hospitalidad eran exhibidas en beneficio de su negocio. Ricardo trajo al país a eminencias como Robert Mondavi o Alan Young a la Argentina. Compartió sus visitas con generosidad con sus colegas, algo que no siempre fue correspondido. Fue mendocino por adopción y como sucede con la fe de los conversos, llegó al fanatismo por el amor a Mendoza.

Carlos López tomó las riendas de la bodega familiar cuando todo lo que fueran vinos de corte parecía que habían desaparecido para siempre. Cuando la moda era que todos los vinos de determinada cepa tuvieran las mismas características alrededor del mundo, él mantuvo el negocio con el mismo rumbo, si bien siempre mejorado. “Se acabaron las cubas y las “viejas maderas”, pregonaban los jóvenes enólogos y el coro de periodistas dados a la obsecuencia debida. Hoy los López ven a todos regresando de aquellas tierras lejanas y que sin perturbarse pregonan que la onda son los “micro terroirs”, porque descubrieron en las características de una cepa cambian en pocos metros de terreno. Redescubrieron las cubas y las maderas de segundo y tercer uso, sin inmutarse. Fue un regreso casi silencioso.

En mi actitud sentimental desarrollada con los años, me ilusioné con que Mendoza les rendiría el tributo que no recibieron en vida. Con el pasar del tiempo reflexioné, si no les rindieron tributo a un Dereck Foster, a un Miguel Brascó ni a un Fernando Vidal Buzzi que tanto hicieron por la comunicación del vino, ¿por qué deberían hacerlo por aquellos que hasta consideraban sus competidores? ¿Acaso alguien que no sea de su empresa recuerda al barón Bertrand de Ladoucette? Ese francés loco que se instaló en un lugar sin luz, teléfono y difícil camino de acceso, que además había comenzado a ensayar con huevos de cemento cuando lo sorprendió la muerte, no mereció demasiados homenajes de su provincia adoptiva.

En mi confusión me dije: “como los argentinos somos un pueblo que honra la muerte y no la vida, algo se hará ahora”. En nuestra patria no se recuerda el natalicio de nuestros próceres, sino su muerte. Un día apurado fijamos como Día de las Malvinas el de la rendición de nuestras tropas (después se corrigió). Entonces, decía, me esperancé en que había llegado la hora del reconocimiento para estos titanes de la vid. Por ahora…creo haberme equivocado…

En el recuerdo de estos protagonistas a la hora de escribir sus tributos en vida, todos recordaron una vida que había tocado las suyas de diversas maneras: el padre Francisco Oreglia. Todos tenían anécdotas para recordar a este refundador de la enología argentina. Hace años, en una mesa de 8 periodistas “especializados”, en casa de Margaret Henríquez, pregunté al pasar: “ché, ¿qué me dicen de Oreglia?”. Uno de los presentes cortó el espeso silencio: “¿es un perfume?” (sic). El joven enólogo de Chandon que estaba presente estalló en una carcajada…

Por eso, desde este lugar hago una doble propuesta: que aparezcan calles que ya cesen de recordar a Belgrano, San Martín, Sarmiento o Mitre, o, mejor dicho, con las que hay ya es suficiente, y reconozcan a estos hombres que tanto hicieron por el vino argentino. Al mismo tiempo, que den una mirada alrededor, descubran los que todavía viven y háganles un reconocimiento como se merecen. Todavía se está a tiempo.

Así y solo así, pasaremos de honrar la muerte a honrar la vida…como dice la canción.

Fuente: http://ecocuyo.com/y-si-probamos-homenajear-en-vida-a-quienes-creemos-que-lo-merecen/


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